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Las voces perdidas

“Todo principio no es más que una continuación, y el libro de los acontecimientos se encuentra siempre abierto a la mitad”. Wislawa Symborszka Se asomó a la baranda de la altísima escalera y tuvo miedo de caerse. No le daba vértigo la altura sino todo lo que estaba sucediendo. Como en una película muda pasada …

fecha 30 de Marzo, 2025

“Todo principio
no es más que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad”.

Wislawa Symborszka

Se asomó a la baranda de la altísima escalera y tuvo miedo de caerse. No le daba vértigo la altura sino todo lo que estaba sucediendo. Como en una película muda pasada a rápida velocidad, veía con mirada incrédula cómo desmantelaban todo el departamento de antropología. ¡Ay, había tardado años, tantos años, en reunir esas piezas! Su valor era incalculable. Un hombre con ropa de fajina pasó llevando una de las últimas cajas. Se la tiró con fuerza al que estaba más abajo y, como era de esperar, cacharros de barro de todos los tamaños se hicieron pedazos contra los escalones. 

Le pareció escuchar los lamentos de los indios, sus indios, en cada uno de los objetos que estaban profanando. En verdad, no le pareció, los escuchó. Miró una pequeña vasija y supo que allí una mujer había cocinado a fuego lento la carne que su hombre había cazado y había entonado una vieja canción al calor de la hoguera. Vio las bocas de los hijos bebiendo de un recipiente gris claro, entre risas y empujones. Y ahora, ellos ya muertos, sombras para siempre, no serían conocidos, no permanecerían, no legarían sus saberes, nada. Nadie escucharía sus voces. 

No tuvo miedo de que se lo llevaran como a tantos otros y desaparecer. Sabía que ya no era respetado por su cargo. Ser profesor titular no sólo no le garantizaba que no le hicieran daño, sino al revés, era el motivo por el cual había sido vigilado, cuestionado y le habían hecho ese desastre a él, a los alumnos, a todos, al mundo. Habían perdido un material tan valioso para estudiar, habían perdido un pedazo de humanidad. 

Siguió aferrado a la baranda de la escalera, apretándola fuertemente. No podía moverse. Ni siquiera sabía hacia dónde ir. ¿A su casa? Pensó que el único pecado cometido había sido enseñarles a pensar a sus alumnos, a conocer sus raíces, su pasado, a escuchar en cada cosa a aquellos pueblos desaparecidos. Los habían revivido a través de los objetos o restos que habían dejado. Y ahora…

Pasó otro militar o policía. Ya no podía distinguirlos, eran iguales o al menos hacían lo mismo. El hombre, de ojos torvos y oscuros, le ordenó que no volviera más.

—Acá, en esta facultad, ya no queda nada suyo. ¿Eh? No tiene necesidad de volver. ¿Le quedó claro? ¿Entendió? –y su mirada autoritaria le indicó que solo debía asentir–. Esto necesitaba una limpieza profunda de tanta basura. Haga el favor de retirarse rapidito, rapidito –y casi lo empujó con una mano enorme.  

Entonces bajó un escalón tras otro, trastabillando, sin mirar atrás. Cuando llegó a la calle respiró profundamente y caminó muchas cuadras sin rumbo, hasta que se dio cuenta de que tenía que volver a su casa, no tenía otro lugar adónde ir. Se acomodó el saco marrón, demasiado lustroso en los codos y con algunas picaduras de polilla en la solapa. Las miró, pero sin prestarles atención. Nunca le había importado la ropa. ¡Había cambiado tantas veces de atuendo! Se había metido en tantas tribus a vivir. ¿Qué le iba a importar el estado de un saco o un pantalón si había estado con taparrabos, había pasado hambre, frío y se había puesto grasa en la piel para tolerarlo? Pero igual se dijo a sí mismo que ya lo iba a coser, aunque no sabía bien ni enhebrar una aguja. ¿Comprar uno nuevo? ¿De dónde sacaría la plata ahora que no tendría sueldo? Se dio cuenta de que por suerte no había tenido tiempo de rechazar la insistente propuesta de Bolivia para trabajar en su universidad. Estuvo a punto de confirmar su negativa. Ahora no tenía otra salida que irse cuanto antes. No tenía otra salida. No. Sintió un dolor profundo y lacerante en todo el cuerpo, como si lo hubieran molido a latigazos. Dejar todo. Todo. Atrás. Irse sin nada, abandonar lo que había construido. La gente. Su gente. 

Trató de pensar en el futuro pero no se podía concentrar. Le empezó a costar caminar. ¡Se había ido tan lejos! No quería subirse a un colectivo. No podía tener gente cerca porque temía largarse a llorar. Se acomodó los lentes en un gesto mecánico. El marco negro, demasiado grande para su cara pequeña, le daba un aspecto desprotegido. Apuró el paso. Quería llegar, sólo llegar. Allí tal vez encontraría un poco de calor, porque sentía muchísimo frío.  

Cuando abrió la puerta de su pequeño y viejo departamento, se encontró con su hijo y con un ex alumno en la cocina. Estaban sentados tomando mate. Su hijo no podía estar más que sentado porque desde hacía muchos años estaba en silla de ruedas, atado allí para siempre. El otro muchacho, Camilo, era uno de los que en los últimos tiempos formaba parte del grupo de investigación. 

—Vine porque nos enteramos de lo que pasó, Edgardo –se levantó al decirlo y le dio un abrazo increíblemente fuerte–. Menos mal que volvió porque ya estábamos preocupados, no sabíamos dónde buscarlo. 

En ese instante Edgardo se derrumbó y se puso a llorar, con sollozos fuertes y temblando. Los tres se quedaron largo rato sin decir una sola palabra. Y después, el mate, la charla, el afecto, le calentaron un poco el alma. 

—Nos vamos a ir a Bolivia en unos días, Gabriel, mañana mando un telegrama avisando que acepto lo que me proponen allá –dijo mirando a su hijo con pena–. Vos, Camilo, venite mañana a buscar todos mis libros, yo no me los puedo llevar. O si querés, podés venirte a vivir aquí por un tiempo y me cuidás el departamento. ¿Te parece? –preguntó con la voz cansada y casi vacía. 

—Sí, lo que usted necesite. Yo me ocupo de lo que le parezca. Cuente con eso –se agarró la cabeza y agregó como protestando– Esto, Edgardo, es el mal dando vueltas entre nosotros, concentrado. Mal, mal, mal. ¿Se acuerda cuando usted nos contó que a los quince años se había hecho aprendiz de brujo, allá en el sur? 

Edgardo asintió con la cabeza y una luz le iluminó por primera vez los ojos que parecían los de un condenado a muerte. 

—¿Se acuerda que nos contaba cómo el brujo de la tribu le enseñaba a detener el mal o a hacerlo? ¿No podría usted hacer algo ahora?

Lo miró con extrañeza. ¿Hacer el mal él? ¿Detenerlo? ¿En estas circunstancias? Y entonces, como midiendo las palabras, en voz baja como siempre hablaba, le respondió: 

—Sí, aprendí. Sé cómo detener a alguien que me quiere dañar o cómo dañarlo si quisiera. Esos indios sí que sabían hacerlo, ¡cómo se defendían! Pero acordate de lo que les expliqué, hay dos condiciones: una es que el objetivo del daño debe saberlo, para eso existen las amenazas, las brujerías, las intimidaciones; la otra es que el objetivo le tenga miedo al que le quiere hacer daño. Acá tenemos dos diferencias, Camilo. Muy grandes. La lucha no es uno a uno. Soy yo contra… contra… ¡qué se yo contra quién! Un gobierno, una manada. No sé cómo nombrar a esta gente. Todos juntos son inenfrentables. Son poderosos. Y el mal los emborracha. Y el poder más todavía. No hay nadie de afuera que pueda. Se van a acabar entre ellos mismos, cuando se peleen y debiliten entre ellos. Y para mí será tarde. Muy tarde. ¿Y a quién le van a tener miedo? Con armas, de a muchos. Con tanta soberbia. Yo no puedo hacer nada. Soy insignificante. 

Camilo y su hijo lo miraron con tanta tristeza. ¿Insignificante? Para su hijo lo era todo. Sin su madre, él lo había ayudado a sobreponerse de tanta angustia que había vivido. Era quien lo cuidaba, lo ayudaba en la vida diaria. Inmovilizado hasta la cintura, casi no tenía autonomía. Aunque mucho había logrado gracias a él. Y para Camilo, era un modelo, un ejemplo de saber, amor, sencillez. Sentía admiración por ese hombre de pelo blanco, algo despeinado.

Siguieron hablando hasta muy tarde, tan tarde que no lo dejaron irse a Camilo. Le prepararon un colchón en el comedor y se quedó a dormir. Era peligroso andar de noche a esas horas. 

A la mañana siguiente, antes de ir al correo, Edgardo se quedó pensando en el hombre que le había dicho que no volviera más. Recordó sus cejas negras, muy pobladas, su mirada dura que parecía un abismo capaz de tragarse a alguien. Su ropa oscura, su arma calzada en la cadera, su boina ladeada y su boca amenazante. Lo retuvo en su mente. Recordó después al brujo de esa tribu, en su momento “su” tribu, y para siempre, por qué no, un poco suya. Lo recordó diciéndole exactamente qué hacer y cómo hacerlo y escuchó el ruido de los tambores detrás, algo lejos. Pensó que podía probar. Nunca le había hecho mal a nadie. Sabía que no podía detener a tanta gente, pero a uno… a uno sí podía, podía hacer que ese tipo no molestara a nadie nunca más, que no se animara a arruinarle el trabajo a otra persona. Y sacó un poco de tierra de una maceta. La escupió. Hizo algo así como un barro. Un barrito apenas. Lo amasó diciendo unas palabras con los ojos cerrados. Parecía repetirlas y repetirlas mientras la amasaba. Le dio una forma que parecía de cabeza, o algo así, redondeada. Y la puso dentro de la misma maceta. Después le dio un beso cariñoso a Gabriel, cerró la puerta y salió. Tenía que ver cómo sacaba el pasaje de avión. No sabía cómo hacerlo, pero tenía que sacarlo esa mañana a más tardar. 

A los pocos días se fueron los dos, él y Gabriel, apenas con dos valijas medianas. Alguien los llevó hasta el aeropuerto y sí, le mandaron infinidades de mensajes hermosos. Supo que lo querían y que se llevaba todo ese afecto prendido en el alma.

Lo que no supo fue que el hombre que lo había intimidado se levantó una mañana (la del barro amasado a mano) con un dolor de cabeza terrible y no pudo ir a trabajar. Y así un día, y otro y otro. Cada vez que se quería poner la ropa negra o tocaba el arma, se descomponía. Y le parecía que los cacharros que había roto le estallaban en la cabeza. Le dieron licencia médica pensando que tenía alguna enfermedad, después licencia psiquiátrica y finalmente tuvo que dejar el trabajo. Cuando lo hizo, empezó a vivir con algo de tranquilidad. Aunque de noche soñaba siempre que unos indios lo perseguían, que lloraban por lo que habían perdido, que lo llamaban por su nombre, que se enojaban. Edgardo nunca lo supo. ¿No lo supo? Tal vez sí.

 

Foto: Merlín Úrsula Caminos

Publicado en el semanario El Eslabón del 22/03/25

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